30 ago. 2008

DIA 6 (2/2): Llegamos a Shikoku

Desde Okayama, hay trenes directos a Kotohira, que iba a ser nuestro destino dentro de Shikoku (la más pequeña de las cuatro islas principales de Japón), a donde íbamos buscando pasar un par de días fuera de las rutas turísticas más convencionales, en un lugar más rural. Kotohira me pareció un buen destino, pues está bien conectado con Honshu y se pierde poco tiempo llegando hasta allí, es pequeño, tranquilo y con cosas que ver. Para llegar a la isla de Shikoku hay que atravesar el puente Seto-Ohashi, de 13.1 kilómetros, todo un prodigio de la ingeniería civil, que lo convierte en el puente de dos plantas (autopista y vías de tren) más largo del mundo. Fue el primer puente que conectó Honshu con Shikoku, abierto desde 1988, y sigue siendo el único para entrar con tren. La construcción se apoya en numerosas islitas que salpican el camino, las vistas desde el tren del Mar Interior merecen al menos mantenerse despierto mientras lo cruzas.

En principio no llevábamos nada reservado en Shikoku, pero yo ya tenía fichado un ryokan (alojamiento tradicional japonés) en Kotohira. Así que al llegar enfilamos directamente hacia el Kotobuki Ryokan, a poco más de 5 minutos de la estación (no tienen página web, las reservas por teléfono o directamente probar suerte, como hicimos nosotros). Al llegar allí nos atendió una señora muy amable, con la que pudimos entendernos en inglés, y tuvimos suerte, pues había una habitación para los tres. Pagamos el alojamiento por un día, 4200¥ solo alojamiento, 6300¥ con media pensión para Pablo y para mí. Tardaron un pelín en prepararnos la habitación, pero cuando llegamos, ¡uoooooh! Que lujazo, una habitación bonita y acogedora, unos futones que podrían ser 5 veces más gruesos que los de las noches anteriores, televisión, una mesita con un juego de té, agua hirviendo, yukatas y el aire acondicionado que nos dio la vida. En Shikoku también buscabamos lo que habíamos encontrado, alojarnos en un ryokan. Este es pequeñito, muy limpio y nuevo, y además tenía un bañera japonesa de madera para los huéspedes (ofuro), todo un lujo oriental por menos de 30€. Nos dimos un bañito relajante antes de la cena, y nos pusimos los yukatas.

La bañera japonesa (ofuro) del ryokan

La cena la sirven únicamente a las 7, y aunque fue deliciosa, el aumento de precio me parece excesivo, por 2100¥ nos podíamos haber dado un festín en cualquier otro lado, y sobrarnos para el desayuno. De todas formas cenar en un ryokan también es algo típico que queríamos probar, la cena fue abundante, con arroz a discreción, udon frio, tempura, calamar y pescado crudo, una especie de trucha al horno con mayonesa y alguna cosilla más.

Foto cucharete

Una vez saciados, descansamos viendo la loca tele japonesa, y nos enteramos por un reportaje de que el calor que estábamos sufriendo no era algo normal ni para estas fechas, menos mal que disminuiría en adelante.

Lolo en el paraiso, viendo Bleach en Japón

Ya de noche salimos a dar una vuelta por el pueblo, que estaba desierto, pero que resulta un lugar con bastante encanto, con un pequeño río que lo atraviesa justo al lado de nuestro ryokan y muchas tiendecitas de camino al templo que veríamos mañana.

¡Nuestro ryokan! (Kotobuki ryokan)

1 comentario:

Pablo dijo...

Jajaja, grandes las fotos de Kotobuki, tanto las cuchareteras como la de Lolo (siempre grande!) que me recuerda al monje del Informal de "Me congraaaatulaaaagggg..."